Hay poetas que responden. Y hay poetas que preguntan. Wislawa Szymborska pertenece firmemente al segundo grupo, y precisamente por eso su obra es tan fértil para el debate, para la conversación colectiva, para ese ejercicio de pensar juntos que es el corazón de un club de lecturas.
En nuestra última sesión nos adentramos en su universo a través de seis poemas organizados en torno a tres grandes ejes: la muerte, el azar y la naturaleza humana. Lo que siguió fue una de las conversaciones más ricas que recordamos.
La muerte, desde dos distancias: Poemas: „Cálculo elegíaco” y „Un gato en un piso vacío” (del tomo “Fin y principio” ,1993)
“Cálculo elegíaco”
Cuántos de los que he conocido
(si de verdad los he conocido)
hombres, mujeres
(si esta división sigue vigente),
han atravesado este umbral
(si esto es un umbral),
han cruzado este puente
(si se puede llamar puente).
Cuántos después de una vida más corta o más larga
(si para ellos en eso sigue habiendo alguna diferencia),
buena porque ha empezado,
mala porque ha acabado
(si no prefirieran decirlo al revés),
se han encontrado en la otra orilla
(si se han encontrado
y si la otra orilla existe).
No me es dado saber
cuál fue su destino
(ni siquiera si se trata de un solo destino,
y si es todavía destino).
Todo
(si con esta palabra no lo delimito)
ha terminado para ellos
(si no lo tienen por delante).
Cuántos han saltado del tiempo en marcha
y se pierden a lo lejos con una nostalgia cada vez
mayor.
(si merece la pena creer en perspectivas).
Cuántos
(si la pregunta tiene algún sentido,
si se puede llegar a la suma final
antes de que el que cuenta se cuente a sí mismo)
han caído en el más profundo de los sueños
(si no hay otro más profundo).
Hasta la vista.
Hasta mañana.
Hasta la próxima.
Ya no quieren
(si es que no quieren) repetirlo.
Condenados a un interminable
(si no es otro) silencio.
Ocupados sólo con aquello
(si es sólo con aquello)
a lo que los obliga la ausencia.
“Un gato en un piso vacío”
Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son esos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.
Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Se irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.
Abrimos con dos poemas que abordan la muerte desde ángulos radicalmente distintos. En Cálculo elegíaco, Szymborska intenta contar a sus muertos con una frialdad casi estadística, pero el poema se sabotea a sí mismo a cada paso. Los paréntesis proliferan, cada afirmación se corrige, cada certeza se deshace. El resultado es un texto que no consuela sino que expone con honestidad radical la inadecuación del lenguaje ante la ausencia. Como diría Wittgenstein, de lo que no se puede hablar, habría que callar. Szymborska, en cambio, habla, pero con paréntesis.
Un gato en un piso vacío llega entonces como un alivio y un golpe al mismo tiempo. Compuesto tras la muerte de su pareja Kornel Filipowicz, el poema sitúa el duelo en lo más doméstico: la lámpara que no se enciende, los pasos en la escalera que no son los que esperamos, la mano que sirve el pescado pero no es aquella mano. El gato no entiende la muerte, solo la alteración de la rutina. Y en esa incomprensión felina, Szymborska nos revela algo incómodo: que nosotros tampoco la entendemos. Solo aprendemos a reconocerla por sus efectos sobre lo mínimo.
La pregunta que lanzamos al debate, si acaso pensar la muerte desde la cotidianidad nos ayuda a perderle el miedo, generó la discusión más intensa y personal de la sesión. Fue, sin duda, el momento más vivo de la tarde.
El azar, arquitecto silencioso: Poemas escogidos “Del montón” (del tomo “Nuevos poemas”) y “Un terrorista, el observa” (del tomo “El gran número”, 1976)
Del montón

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos personal.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo el cristal de un microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien totalmente diferente.
Un terrorista, el observa
La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.
El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:
Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos están hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más abajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.
Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.
Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.
Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.
Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.
La segunda parte nos llevó al territorio de la contingencia. Del montón abre con una declaración que es a la vez modesta y deslumbrante: soy la que soy, casualidad inconcebible. Szymborska enumera todas las formas que podría haber tomado su existencia, araña, gaviota, partícula de paisaje, y concluye que lo que la singulariza no es una esencia preformada sino la capacidad de asombrarse de haber llegado a ser ella misma. Una idea que tiene tanto de biología evolutiva como de filosofía.
Un terrorista, él observa lleva el azar a su expresión más brutal. Entre las 13:16 y las 13:20, figuras anónimas entran y salen de un bar. Una mujer con cazadora amarilla. Un hombre con gafas oscuras. Una niña con una cinta verde en el pelo. Un hombre calvo que vuelve a buscar sus guantes. Decisiones mínimas, triviales, que en ese momento concreto son la diferencia entre la vida y la muerte. Szymborska no moraliza ni explica. Solo cuenta. Y en ese contar frío y preciso reside todo el horror.
La naturaleza humana, entre la conciencia y el odio: Poemas escogidos “Elogio de la mala consciencia de uno mismo” (del tomo “El gran número”, 1976) y “El odio” (del tomo “Fin y principio”, 1993)
“Elogio de la mala conciencia de uno mismo”
El buitre no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.
No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.
De cien kilos es el corazón de la orca,
pero no le pesa.
Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.
Cerramos con el díptico quizás más filosófico de la sesión. Elogio de la mala conciencia de uno mismo propone una idea provocadora: el remordimiento, la duda, la autocrítica, no son debilidades sino señales de humanidad. El buitre no tiene nada que reprocharse. La pantera negra tampoco. Solo el ser humano carga con ese peso incómodo que es, paradójicamente, su mayor distinción moral.
El odio llega entonces como la cara oscura de esa misma moneda. Szymborska lo retrata con una admiración irónica y perturbadora: eficiente, incansable, perfectamente adaptable, capaz de crear su propia justificación desde cero. Frente a sentimientos nobles que requieren cuidado y condiciones favorables, el odio se basta solo. La pregunta que dejamos abierta, en qué medida el odio estructura nuestra sociedad actual, resonó en la sala mucho después de que terminara la sesión.
Una poeta para tiempos de incertidumbre
Lo que une a estos seis poemas, más allá de los temas, es una actitud ante el conocimiento. Szymborska desconfía de las certezas, propias y ajenas. No ofrece consuelo trascendente ni grandes relatos. Su ironía no es cinismo sino una forma de honestidad: reconocer que no sabemos, que el lenguaje es insuficiente, que la vida depende de minucias, y aun así seguir mirando, seguir preguntando, seguir asombrándonos.
En tiempos en que el dogma abunda y la duda se percibe como debilidad, su poesía es un antídoto necesario.

Wislawa Szymborska – BIO
Wisława Szymborska (Kórnik, 1923 – Cracovia, 2012) fue poeta, ensayista y una de las miradas más lúcidas, discretas, pero a su vez transcendentes de la poesía europea del siglo XX. Su biografía cabe en pocas líneas: infancia entre mudanzas, juventud marcada por la guerra, estudios inconclusos en la Universidad Jagellónica, oficio de editora y columnista, y una obra breve, poco más de trescientas poesías, que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1996. Su verdadera vida, la que importa para leerla, transcurre en el microscopio de su atención: allí donde el mundo cotidiano se vuelve interrogación filosófica, ironía compasiva y su incesante asombro.
Szymborska aprendió pronto que la Historia pesa, pero que el detalle, como un objeto trivial, un gesto, una estadística, puede revelar más que los grandes relatos. De esa tensión nacen su tono antidogmático, su humor seco, su existencialismo y su ética de la duda. En sus poemas dialogan la ciencia y la fábula, lo doméstico y lo histórico, la sonrisa y la herida profunda. Fue una escéptica, con fe innegociable en la curiosidad: prefirió las preguntas a las proclamas, la precisión a la grandilocuencia, la compasión a la retórica
Te invito a ver el vídeo de esta fantástica sesión, moderada por Magdalena Plocikiewicz desde Sant Pere de Ribes, Barcelona.
Hasta la próxima sesión.
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