La conjura de los necios – John Kennedy Toole

Descripción

SESIÓN ONLINE: Sábado 30 de mayo de 2026

 

 

La conjura de los necios – John Kennedy Toole

Editorial: Anagrama, 1982 (versión original publicada de modo póstumo en EEUU en 1980)

Debate online Club de lecturas: Sábado 30 de mayo de 2026 – 19hrs CET (Madrid, España) – Moderación a cargo de Silvia Martínez – Alcoy, Alicante, España.

Debate presencial Club de Lecturas Galapagar: Viernes 26 de junio de 2026 – 19hrs CET (Madrid, España) – Moderación a cargo de Ángeles López – Galapagar, Madrid, España.

 

Guía de Lectura preparada por: Silvia Martínez – Alcoy, Alicante, España

La conjura de los necios – John Kennedy Toole
Texto adaptado del artículo publicado en «El País Cultural» de Uruguay, en 2009.

Julio de 1976. Una anciana irrumpe en la oficina del escritor Walker Percy, profesor invitado en la
Universidad de Loyola, en Nueva Orleáns. Lleva semanas buscando al reconocido profesor para
entregarle el manuscrito de lo que ella considera una “obra maestra”, escrita por su hijo, muerto siete
años antes. Después de infructuosas llamadas y fallidas solicitudes de entrevistas, la señora se las
arregló para no dejarle otra opción a Percy que echarle un vistazo a la novela.

Como el mismo Percy escribió recordando el suceso, “si había algo que no quería hacer era
precisamente esto, lidiar con la madre de un novelista muerto, y para peor, lidiar con un manuscrito que
según ella era ‘fantástico’”. La perseverancia de la señora pudo más, y a los pocos días Percy se
encontró leyendo primero “con la incómoda sensación de que no era lo suficientemente malo para
dejarlo, luego con una pizca de interés, luego una creciente excitación, y finalmente incrédulo: no era
posible que fuera tan bueno”.

Cuatro años después se editaba «La conjura de los necios», de John Kennedy Toole. El libro se volvió
de culto, se tradujo a más de veinte idiomas y lleva vendidos millones de ejemplares en todo el mundo.
Fue premiado en varios países y en 1981 obtuvo el Pulitzer a la mejor obra de ficción.

Pocas madres han sido tan influyentes y determinantes en la vida de un escritor. La progenitora de John
Kennedy Toole transformó a su hijo en la persona tímida y vacilante que fue toda la vida; le dio materia
prima para su novela más famosa e importante y, después de muerto, fue la principal responsable de
que el manuscrito se publicara.

Descendiente de los franceses fundadores de la ciudad por parte de la madre, Thelma Ducoing, y de
inmigrantes irlandeses por el lado del padre, John Dewey Toole Jr., John Kennedy Toole nació en Nueva
Orleáns el 17 de diciembre de 1937. Tuvo una infancia bastante protegida, dominada por su madre,
quien no le dejaba jugar con otros niños. El padre comenzó a ser relegado al segundo plano en el que
se mantuvo toda la vida. Ni la pasión compartida por los coches y el beisbol, algo que hubiera unido a
cualquier padre con su hijo, logró acercarlos. Ninguno de los dos tuvo nunca la fuerza suficiente para
reclamar por el otro. No es casual la ausencia de una figura paterna en sus novelas.

A los trece años era un estudiante excelente, buen pianista, un destacado locutor y un excelente
imitador. Era además actor en un grupo de teatro infantil y presentador en una radio local. Obligado por
la madre a ser más inteligente y más adulto que sus amigos, John aprovechaba cada segundo que ella
no estaba para ensayar la niñez, contando chistes sin parar y haciendo reír con sus imitaciones a todo
aquel que lo escuchara. Pero ya no era un niño. Medía un metro ochenta, se afeitaba todos los días y,
sin ser una persona obesa, estaba excedido de peso, disgustado con su físico y enfrentaba con pánico
los vestidores después de las actividades deportivas. En esos años comienza a colaborar con el
periódico del liceo, del que en poco tiempo sería el editor.

En 1954 ganó una beca para estudiar inglés en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleáns, pero antes
de ingresar realiza un viaje a Nueva York, ciudad que lo abruma y lo apasiona con la misma intensidad.
Ese mismo año, con dieciséis, escribe «La Biblia de neón», y al siguiente envía la novela a un concurso.
Tras saberse perdedor, prueba suerte con un par de editoriales. Rechazado, o sencillamente ignorado,
sin respuesta, archivó la novela para siempre.

“La Biblia de neón” es la historia de un niño del sur de Estados Unidos en la década de los cuarenta.
Escrita desde la memoria de un adolescente en fuga que se recuerda en la niñez, la novela narra con
acierto el estado de ánimo colectivo de un pequeño pueblo del sur estadounidense: “Si eras diferente
a todos en el pueblo, tenías que marcharte. Es por eso que todos eran tan parecidos. La forma en que
hablaban, lo que hacían, lo que les gustaba, lo que odiaban […] Solían decirnos en la escuela que
debíamos pensar por nosotros mismos, pero no podías hacer eso en el pueblo. Tenías que pensar lo
que tu padre pensó toda su vida, y eso era lo que todo el mundo pensaba.”

Aunque años más tarde el propio Kennedy Toole calificaría la novela de “mala”, el precoz autor describe
y resuelve con eficacia algunas situaciones: el profesor gay, la tía que tiene relaciones sexuales en la
cabina de un camión, una cita amorosa. Era la punta de un gran iceberg de talento. Lo mejor de su
prosa estaba por venir. El escritor de ficción era un secreto que muy pocos amigos conocían. Quien sí
estaba al tanto de sus ambiciones literarias era la madre. Tanto, que Kennedy Toole tenía que pegar,
sobre las tapas de sus cuadernos, carteles que rezaban: “MAMÁ, por favor no toques.”

En Tulane conoce a Ruth Lafratz Kathmann, primera y posiblemente única mujer que presentó en su
casa. El encuentro fue doloroso. Indignada, la madre se mostró hostil hacia Kathmann. La señora Toole
sabía que las mujeres perseguían a su “terriblemente atractivo” hijo, pero según ella, él no estaba
interesado en las mujeres “mental o físicamente”. Estaba convencida de ser la única mujer que “mi hijo
haya querido alguna vez”. Al igual que con parejas anteriores, así como con aquellas que vendrán
después, no hubo acercamiento físico de ningún tipo. Cualquiera que haya sido su inclinación sexual,
es imposible determinarla con certeza. Algunos de sus amigos de la adolescencia lo vincularon con
hombres, aunque en alguna oportunidad Kennedy Toole haya expresado su “aversión por la vida gay”.
En 1958 se graduó con honores en Tulane y trabajó brevemente en una fábrica de ropa masculina. Ese
mismo año ganaría una beca para hacer un doctorado que nunca terminó en Literatura Inglesa en la
Universidad de Columbia, donde se reencontró con Kathmann. Nuevamente, la relación no fue más
allá de una íntima amistad. Una vez finalizado el curso, Kennedy Toole ocupará un puesto de profesor
asistente de inglés en la ciudad de Lafayette. En 1960 regresará a Nueva York para dar clases en el
Hunter College for Women, donde, en plena época de segregación, tendrá que defender al sur de la
intolerancia que emanaba de Nueva York. Autodenominado “sureño” , Kennedy Toole se enfrentaba a
cierta condescendiente hostilidad de parte de sus colegas “yankees”.

En abril de 1961, de vuelta en Nueva Orleáns, recibe la llamada a filas del ejército. Una vez finalizado
el trabajo en Nueva York y viviendo en la casa de los padres, tras más de dos años de independencia,
ingresar en el ejército no era precisamente la peor de las excusas para un joven de veinticuatro años
que se sentía responsable de la precaria situación económica de sus progenitores. Durante el breve
lapso en que estuvo en Nueva Orleáns, trabajó en una fábrica ensamblando cajas, y se dedicó a los
amigos, pese a la madre, que solía aparecer en su coche a altas horas de la noche, a buscarlo para
que volviera a casa. Kennedy Toole obedecía sin protestar. Pasó también tiempo deambulando por el
Barrio Francés con músicos y, al menos en una ocasión, ayudó a un amigo músico con su segundo
trabajo, vendiendo tamales en un puesto callejero.

Finalmente, en noviembre de 1961, llegó a Fort Buchanan, Puerto Rico. Gracias al buen manejo del
español, fue elegido para enseñar inglés a soldados puertorriqueños y al poco tiempo tenía bajo su
cargo a todos los profesores de inglés de su compañía. Durante el tiempo que estuvo en Fort Buchanan,
mantuvo una fluida comunicación epistolar con los padres, a los que enteraba de las vicisitudes de la
vida en Puerto Rico. En menos de un año fue ascendido a sargento, pero no obstante los ascensos y
las condecoraciones, la convivencia en Fort Buchanan no era fácil. Superiores militarmente estrictos y
subordinados universitarios poco aptos para la disciplina castrense, complicaban una estancia que John
había imaginado y anhelado sencilla.

En casa de sus padres las cosas no estaban tampoco del todo bien. Los problemas económicos que
atravesaban los Toole se mezclaban con la frágil salud del padre, cada vez más paranoico y senil. Para
ese entonces ya había comenzado a escribir lo que sería «La conjura de los necios.» El cargo de
sargento implicaba tener una oficina propia, menos tareas y más tiempo para dedicarle a la novela.
Exudaba esperanza. “Ambos saben que mi más grande deseo es ser escritor y finalmente siento que

estoy escribiendo algo que es más que simplemente legible”, les escribió a sus padres, poco antes de
terminar la estancia en Puerto Rico y en el ejército.

En agosto de 1963 regresó de inmediato a Nueva Orleáns, donde comenzó a trabajar como profesor
en el Dominican College, colegio de monjas que aceptaba sólo chicas, y que le brindaba, además de
tiempo suficiente (trabajaba diez horas semanales), “seguridad financiera para escribir”. En febrero de
1964, envió la novela a la editorial Simon & Schuster en la ciudad de Nueva York. En junio de ese
mismo año el editor Robert Gottlieb, que había publicado a escritores como de Ray Bradbury o Salman
Rushdie, le respondía a Kennedy Toole. “El mayor problema” entendía, era “resolver los diferentes hilos
de la trama”, y le sugería que éstos fueran “fuertes y con sentido”, a lo largo de todo el libro, y no
“meramente episódicos, unidos ingeniosamente para hacer que todo parezca solucionado de la manera
correcta”. No haber fallado en el primer intento era algo que quizás no esperaba: de inmediato se puso
a reescribir la novela.

Cerca de fin de año recibió la respuesta de Gottlieb: “En muchos aspectos, considero que incluso ha
hecho un excelente trabajo […] El libro está mucho mejor. Pero todavía no está bien.” Buscando otra
opinión, pasó el libro a Cándida Donadio, en ese entonces agente, entre otros, de Philip Roth. “Lo que
pensamos es que a menudo eres salvajemente divertido, más divertido que casi cualquier otro en la
vuelta y divertido a nuestra manera.” Pero no todas eran alabanzas: “El libro […] es un brillante ejercicio
de invención […] pero no trata realmente de nada. Y eso es algo sobre lo que no se puede hacer nada.
Definitivamente un editor no puede decir: ‘pon el significado.’” Kennedy Toole tragó saliva, releyó la
carta una y mil veces, y decidió que no tenía fuerzas para reescribir la novela, como le había sugerido
Gottlieb, y le escribió solicitando el manuscrito.