Descripción
SESIÓN ONLINE: Sábado 29 de agosto de 2026
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez
Editorial: DeBolsillo, 2003
Debate Online lecturas Galapagar: Sábado 29 de agosto de 2026 – 19hrs CET

Guía de Lectura preparada por: Jorge Ponce Dawson – Galapagar, Madrid, Agosto 2026

Gabriel García Márquez – BIO
Gabriel García Márquez nació en Aracataca, un pueblo bananero del Caribe colombiano, el 6 de marzo de 1927, y murió en Ciudad de México el 17 de abril de 2014. Fue criado por sus abuelos maternos, un coronel de las guerras civiles y una mujer de una imaginación desbordante, que le contaba historias de fantasmas y presagios como si fueran hechos verificables, y esa infancia marcó para siempre su manera de narrar el mundo. Estudió Derecho en Bogotá sin llegar a graduarse, y se formó en realidad en las redacciones de periódicos como El Espectador, oficio que nunca abandonó del todo y que consideró siempre «el mejor oficio del mundo». Como corresponsal en Europa y reportero de investigación escribió algunos de los grandes textos del periodismo narrativo en español, entre ellos Relato de un náufrago, y esa disciplina de cronista, la obsesión por el dato exacto, por la fecha y la cifra precisas, quedaría después incrustada en el corazón de sus novelas más fantásticas.
Su consagración llegó con Cien años de soledad (1967), la historia de la familia Buendía y del pueblo mítico de Macondo, que se convirtió de inmediato en uno de los libros más leídos y traducidos del siglo XX y en el estandarte del llamado «boom» de la narrativa latinoamericana, junto a Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes. Con ella terminó de definirse el realismo mágico: una forma de narrar en la que lo sobrenatural, una lluvia de flores amarillas, una alfombra voladora o una peste de insomnio, se cuentan con el mismo tono llano y minucioso con que se cuenta un censo o un balance comercial, de modo que el lector deja de preguntarse si algo es posible y empieza a preguntarse, simplemente, qué significa. En 1982 la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura «por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo de imaginación ricamente compuesto, que refleja la vida y los conflictos de un continente».
A esa novela le siguieron, entre muchos otros títulos, El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca, El general en su laberinto y el libro de relatos Doce cuentos peregrinos. Instalado ya en México, donde vivió la mayor parte de su vida adulta, mantuvo hasta el final un compromiso público con los grandes debates políticos y sociales de América Latina, sin abandonar jamás la ficción ni el periodismo. En 2002 publicó Vivir para contarla, la primera y única entrega de una autobiografía que quedó inconclusa. Murió en 2014, convertido ya en «Gabo», el nombre con el que medio continente lo trataba como a un pariente cercano, y su legado, la certeza de que América Latina tenía su propia manera, legítima y deslumbrante, de contarse a sí misma, sigue siendo hoy una de las herencias más vivas de la literatura en español.
El amor en los tiempos del cólera, publicada en 1985, ocupa un lugar singular en esa obra. Si Cien años de soledad narraba el tiempo circular de una estirpe condenada a la soledad, esta novela narra la persistencia obstinada del deseo a lo largo de una vida entera: la historia de Florentino Ariza, que espera más de cincuenta años para reencontrarse con el amor de su juventud, Fermina Daza, y del médico Juvenal Urbino, esposo de esta durante décadas, en un puerto caribeño que es trasunto de la Cartagena de Indias que García Márquez conoció de joven periodista. Alejada de Macondo y de los dictadores centenarios, la novela conserva la misma erudición minuciosa por el detalle histórico y sensorial de siempre, puesta esta vez al servicio de una pregunta tan sencilla como difícil de responder: qué distingue, en realidad, al amor verdadero del hábito, de la vanidad o del simple miedo a la soledad.
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA – Gabriel García Márquez
Capítulo 1: La muerte llama dos veces
La novela arranca con una frase que ya es célebre: el olor de las almendras amargas siempre le recordaba al doctor Juvenal Urbino el destino de los amores contrariados. Es el olor del cianuro de oro, el mismo compuesto que usaba para revelar sus fotografías, con que Jeremiah de Saint-Amour, refugiado antillano, fotógrafo de niños y jugador de ajedrez temido en toda la ciudad, acaba de quitarse la vida en su taller un domingo de Pentecostés antes del amanecer. Antes de morir tuvo el cuidado de envenenar también a su vieja perra, para que no quedara sola sufriendo su ausencia, y de dejar el tablero de ajedrez a medio jugar, en la última posición de una partida que ya nunca se resolvería. Urbino, su compañero de partidas desde hacía años y uno de los pocos hombres respetables de la ciudad que se trataba con un exiliado sin fortuna, acude de inmediato al aviso, no tanto como médico, pues ya no hay nada que hacer, sino como amigo y, sobre todo, como el hombre encargado de contener el escándalo: evita que el nuevo comisario de policía y el médico forense, un joven ansioso por hacer carrera, compliquen el caso, y redacta él mismo el certificado para que la muerte pueda archivarse sin estridencias. Entre las pertenencias de Jeremiah encuentra una carta dirigida a él en la que el fotógrafo revela el motivo exacto de su decisión: años atrás había jurado no vivir más allá de los sesenta, edad que cumplía esa misma madrugada, en cumplimiento de un pacto secreto sellado con una mujer a la que la buena sociedad de la ciudad desconocía por completo, su amante clandestina, una mulata con la que convivía desde hacía años en una casa del antiguo barrio de esclavos bajo la fachada de una simple relación de vecindad. Urbino la visita esa misma mañana, cumpliendo el último encargo de su amigo, y ella, ya sin nada que perder ni que ocultar, le cuenta con serenidad la historia completa de ese amor secreto, incluidas las partidas de ajedrez que Jeremiah perdía a propósito frente a ciertos contrincantes de sociedad, por pura cortesía, sin que nadie lo notara jamás.
De regreso a su casa, agotado por la mañana de gestiones y por el calor húmedo de las once, Juvenal Urbino recuerda que tiene el compromiso ineludible del almuerzo de bodas de plata de su antiguo alumno predilecto, el doctor Lácides Olivella, hijo de un médico también ilustre de la ciudad. Mientras se baña y se viste para la fiesta, Urbino repasa mentalmente, y el narrador con él, en un largo paréntesis que ocupa buena parte del capítulo, la arquitectura entera de su matrimonio con Fermina Daza: más de treinta años de convivencia construidos sobre una alternancia perpetua de ternura y guerra doméstica, de la que ambos han salido, contra todo pronóstico, como el matrimonio más admirado de la ciudad. Se recuerda con detalle la crisis que en su momento estuvo a punto de acabar con esa armonía: durante meses enteros, marido y mujer se enfrentaron en un silencio glacial, sin hablarse más que lo estrictamente indispensable delante de las visitas, por la simple costumbre de él de no devolver a su lugar el jabón de tocador después de usarlo en el baño. Un desacuerdo tan nimio como encarnizado, que ninguno de los dos estuvo dispuesto a ceder por pura dignidad, y que revela, mejor que cualquier declaración solemne, la textura real de treinta años de vida en común: un pacto tácito de pequeñas rendiciones mutuas, disfrazado ante el mundo entero de una felicidad sin fisuras. Se evocan también los rituales cotidianos del matrimonio, el desayuno puntual con el aullido diario de Urbino ante el primer trago de café, la siesta sagrada e inviolable, la lectura nocturna compartida antes de dormir, la autoridad indiscutida de Fermina sobre el gobierno absoluto de la casa, desde las comidas hasta la educación de los hijos, y la admiración pública que ambos suscitan como pareja modélica, una admiración que, sugiere el narrador con ironía, oculta tanto como revela sobre lo que en realidad ocurre puertas adentro.
El almuerzo en casa de los Olivella, una celebración fastuosa, con mesas desbordadas de comida caribeña y criolla, banda de música, discursos y la política de sobremesa habitual entre los notables de la ciudad, se ve interrumpido hacia las tres de la tarde por una tormenta repentina, típica de aquel mes, que obliga a los invitados a refugiarse bajo los corredores y precipita las despedidas. De regreso en su propia casa, ya avanzada la tarde, Urbino se entera de que su loro doméstico, un animal viejo y célebre en toda la ciudad, capaz de recitar frases enteras en francés, de imitar las voces de la familia y hasta de cantar fragmentos de ópera, orgullo social de la casa y tormento cotidiano de las criadas, que llevaba años amenazando con escaparse, ha vuelto a subirse hasta las ramas más altas del palo de mango del patio, donde permanece fuera de alcance, indiferente a los gritos, a los silbidos y a los sobornos con comida. Contra el sentido común y contra su propia edad, tiene ochenta y un años cumplidos, Juvenal Urbino decide, con la misma tozudez con que ha gobernado siempre su casa y su ciudad, subir personalmente por una escalera de mano para atraparlo antes de que la lluvia, que ya vuelve a amenazar, lo empape. Alcanza casi al animal, extiende el brazo un poco más de lo prudente, pierde el equilibrio y cae de espaldas desde una altura suficiente para partirse la columna vertebral contra el suelo del patio. Agoniza durante varias horas, consciente y lúcido casi hasta el final, rodeado de su esposa, de sus hijos y de los médicos amigos que acuden en vano, y muere exactamente a las cuatro y siete minutos de la tarde, pronunciando como despedida a Fermina una sola frase que habrá de acompañarla el resto de su vida: «Sólo Dios sabe cuánto te quise».
La noticia convulsiona a toda la ciudad: el velorio, descrito con el detalle casi etnográfico habitual en García Márquez, convoca al arzobispo, al gobernador, a los gremios profesionales, a antiguos pacientes agradecidos, a curiosos de todas las clases sociales y a una procesión interminable de coronas florales que desborda literalmente la casa, en una de las ceremonias fúnebres más multitudinarias que se recuerdan en la ciudad, comparable solo a la de un arzobispo muerto años atrás. Fermina Daza, digna y compuesta, recibe el pésame de cientos de personas sin que se le note apenas el quiebre. Es en medio de ese duelo colectivo, ya entrada la noche, cuando ocurre la escena que cierra el capítulo y que proyecta su sombra sobre el resto del libro: Florentino Ariza, un hombre mayor de aspecto sombrío y vestido con un rigor de luto casi ridículo para la ocasión, a quien Fermina apenas logra situar entre los rostros conocidos de las últimas décadas de vida social, se abre paso entre los presentes, se acerca a la viuda recién hecha, y le declara con absoluta solemnidad, como si los cincuenta años transcurridos no hubieran contado en absoluto, que ha esperado esta oportunidad durante más de medio siglo para reiterarle una vez más su juramento de fidelidad eterna y de amor para siempre. Fermina Daza, con el cuerpo de su marido todavía tibio en la casa, interpreta la escena como una infamia y una falta de respeto insoportables, y lo expulsa con una furia fulminante. ”¡Fuera de aquí!”, le grita. “Y no vuelva a presentarse en los pocos años de vida que me quedan”, que sella el capítulo y deja planteada, para el resto de la novela, la pregunta que ni ella misma sabe todavía cómo responder: quién es en realidad ese hombre, de dónde sale ese juramento que ella ni siquiera recuerda con precisión, y qué derecho puede creer tener sobre lo que le queda de vida.
Reflexión
Resulta significativo que García Márquez abra la novela no con el nacimiento del amor entre Florentino y Fermina, sino con dos muertes: la de un personaje secundario, Jeremiah de Saint-Amour, y la del propio doctor Urbino, encargado hasta entonces de sostener el orden narrativo y social de la historia. Al invertir la cronología esperada, el autor obliga al lector a entrar en el libro sabiendo ya que el tiempo, y no la pasión, es la fuerza que gobierna el relato: cuando Florentino declare su amor junto al cadáver todavía tibio de su rival, esa escena no será una sorpresa argumental, sino el cumplimiento de algo que el propio comienzo ya había anunciado. La estructura circular, tan característica de García Márquez desde Cien años de soledad, convierte así el final en un punto de partida, y transforma toda la novela en la larga explicación de un desenlace que el lector, en realidad, ya conocía.
Pregunta #1
García Márquez elige abrir una historia de amor con dos muertes, la de Jeremiah de Saint-Amour y la de Juvenal Urbino, antes de presentarnos siquiera a Florentino Ariza. ¿Qué efecto tiene empezar por el final de un matrimonio en vez de por su origen?

